Historia

EVOCACIÓN DE LA DÉCADA PRODIGIOSA

Los anhelos de los años sesenta se encuentran hoy bajo el fuego cruzado de los conservadores, de los neoconservadores, de los neovictorianos y de los simples renegados. Y no es de extrañar: la marea antiprogresista que padecemos desde hace varios lustros es, punto por punto, una sostenida reacción contra el espíritu de aquellos años memorables. Por eso es oportuno recordar que dicho espíritu perteneció a nuestra civilización, y por cierto que no a su parte oscura.

Venga a cuento no, el ex presidente francés Nicolas  Sarkozy arremete contra el “mayo del 68”, a su parecer culpable de la pérdida del gusto por “el trabajo duro”[i]. Mario Vargas Llosa acaba de decirnos que el famoso “prohibido prohibir”[ii] que por aquel entonces apareció en una pared de París provocó la crisis del principio de autoridad y, en consecuencia, la ruina de la enseñanza pública… Increíble, pero cierto.

Se pasa por alto sistemáticamente que el movimiento contestatario no se limitó a los sucesos de París. Hubo grandes movilizaciones de protesta por todo el mundo, desde Praga a Buenos Aires, desde Roma a Río de Janeiro; si memorables fueron los sucesos de Nanterre, también lo fueron los de Berkeley y Madison.

Hasta se puede hablar de una protesta global, la primera de todas. A mi me fue dado vivir el “cordobazo”, en Argentina, donde estudiantes y obreros tomaron la ciudad. Al calor de nuestra barricada, un anciano me pasó el brazo por encima del hombro y me dijo, solemnemente: “¡Mire, hijo, esta es la manifestación del pueblo!” Baleado un obrero por las fuerzas del orden, la manifestación, en principio pacífica, acabó siendo furiosa, con incendios y saqueos, con intercambios de plomo. Por último, entró el ejército, con fuego de ametralladoras. Aquello fue cualquier cosa menos una frivolidad.

Siempre se cita, con aires de suficiencia, la misma frase, “la imaginación al poder”. Y es que nos quieren dar a entender que todo el movimiento contestatario fue un asunto de pirados. Lo que ha llevado a ignorar olímpicamente el contenido ético de aquella rebelión contra el orden establecido.

Eso sí, Sarkozy acierta al decir que en aquellos años hubo una reacción contra el “trabajo duro”. Pero debería tomarse la molestia de decirnos por qué se produjo y puntualizar qué clase de trabajo duro le gusta a él. Pintar a la generación contestataria como simple atajo de holgazanes es ignorar los motivos éticos que subyacían tras la protestas del mayo francés, con diez millones de huelguistas.

Vargas Llosa acierta al decir que el principio de autoridad dejó de ser respetado, pero pasa por alto los motivos que lo arrojaron, merecidamente, a los pies de los caballos. Ya es una costumbre arremeter contra aquello. Hasta Tony Judt, en Algo va mal –un libro valioso en muchos sentidos–, se ha dejado llevar por esta costumbre; a creerle, entonces fue cuando nos volvimos egoístas. Hubo, desde luego, una revalorización del hedonismo, pero, ¿qué tiene eso de malo, señor Judt?

Y hubo, al mismo tiempo, un fuerte compromiso con el prójimo, un redescubrimiento de la fraternidad humana, fenómenos sobre los que nadie se digna a llamarnos la atención. Sería de locos confundir la lucha por la paz, por los derechos de las minorías, por los derechos de las mujeres y de los negros, la lucha por la justicia social y por la libración de los pueblos oprimidos con eso que se llama egoísmo. Pero vayamos por partes.

La construcción de la clase media

     Al término de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad, asustada de sí misma, no queriendo volver a las andadas, se dotó de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nos vimos metidos en la lógica tenebrosa de la guerra fría, pero, en más de un sentido, nuestra doliente civilización dio lo mejor de sí. No digo que haya que idealizar los logros de la posguerra, pero considero obligatorio tenerlos a la vista, so pena de no entender nada.

Los Estados Unidos hicieron cierto esfuerzo de autocontención, para no dilapidar el crédito moral asociado a su victoria sobre el totalitarismo nazi. Descontadas las maniobras poco santas, la política exterior norteamericana se atuvo, en líneas generales, a las recomendaciones de la Americans for Democratic Action (ADA)[iii], fundada por la señora Eleanor Roosevelt. La ADA, con gentes de Harvard, con John K. Galbraith y  Arthur Schlessinger en sus filas, pedía soluciones dialogadas a los conflictos, apostaba por regímenes democráticos provistos de sensibilidad social, en los que tuviera representación una izquierda moderada, no comunista. De sus filas saldrían los hombres del presidente Kennedy.

Bajo la cobertura de los acuerdos de Bretton Woods, se trabajó metódicamente a favor de lo que se conoce como la Trinidad de Dahrendorf[iv] (democracia, cohesión social, desarrollo económico). Se desarrolló el Estado de Bienestar, o Estado de Servicios, y se relanzó con vigor el proyecto pedagógico ilustrado. Se sentaron las bases de un sistema de educación pública eficiente, desde la escuela a la universidad, cuyos resultados prácticos darían sus frutos en los años sesenta.

Hoy se nos da a entender que la ampliación de la clase media fue obra del libre mercado. Una falsedad, de las gordas. Como nos ha hecho notar Paul Krugman[v], el fenómeno fue el resultado de una compleja operación de ingeniería social, basada en lo que se entiende por economía mixta, fórmula en la que buscaron la convergencia y el equilibrio funcional tanto la derecha como la izquierda.

Claro que no todo se hizo por humanitarismo. Había en juego cuestiones de poder. Por un lado, era de vital importancia protegerse contra una reaparición del fascismo y, por el otro, había que levantar defensas efectivas contra la tentación comunista, muy viva al término de la Segunda Guerra Mundial. Había que dejar claro que la libertad se podía conciliar con la justicia social. Había que enseñarles a los comunistas del mundo entero que una democracia liberal era mucho más efectiva que un régimen totalitario a la hora de construir escuelas y hospitales.

El llamado “mundo libre” conoció una etapa de creciente prosperidad. En la trastienda del sistema, se daba por descontado que aquello sólo podría conducir a un conformismo generalizado, el estado ideal de una sociedad desde la óptica de cualquier élite del poder. Y todo marchaba sobre ruedas. Las mujeres retornaron al hogar. El dólar dominaba el planeta. Los obreros estaban más tranquilos que nunca. Ahora tenían hasta vacaciones. Y todo era compatible con los grandes negocios.

Mucha gente se creyó en el mejor de los mundos posibles. Yo, por ejemplo, aprendí mirar el futuro con confianza. Mis padres habían vivido tiempos atroces, pero en 1945 el mal había sido vencido en nombre de las cuatro libertades. Se me dio a entender que mi generación viviría libre del miedo, libre de la miseria, en situación de expresarse sin trabas, protegida contra toda persecución, en un mundo en trance de perfeccionarse democráticamente. Demasiado bonito, pero con ello quiero recordar que estoy hablando de una generación que no fue preparada para asomarse al lado repulsivo de nuestra época y que, por así decirlo, estaba predestinada a reaccionar con asco ante la cruda realidad, y esto desde la sensibilidad moral aprendida.

Una rebelión generalizada

     En su discurso de despedida, el presidente Eisenhower, en el mismo arranque de la década prodigiosa, confesó ante sus compatriotas y ante el mundo que el complejo militar-industrial norteamericano tenía vida propia. O se hacía algo al respecto, o la democracia se podía considerar acabada.

La crisis de los misiles rusos, colocados subrepticiamente en Cuba, nos obligó a tomar conciencia de que, tras las amables apariencias, anidaba una monstruosa insensatez. El mejor de los mundos posibles tenía muy mal aspecto, pues a cada habitante del planeta le correspondían cuatro toneladas de dinamita. Y sobre la conciencia de todos vino a caer el libro de Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, seguido por el de Michael Harrington, La otra América[vi]. Una cosa era el primer mundo y otra el segundo, no era lo mismo ser negro que blanco; una cosa era la América opulenta y otra la desgraciada. Estos libros abrieron los ojos de muchos, cumpliendo la misma función esclarecedora que en su espacio le correspondió a Las venas abiertas de Latinoamérica, de Eduardo Galeano[vii]. Había motivos de sobra para la indignación, motivos sobre los que se considera de buen gusto no hablar. Es más cómodo imaginar que los contestatarios de los sesenta se movilizaron por capricho.

A todo esto la sociedad norteamericana se encontraba en fase de espectacular transformación. Había habido un éxodo del campo a las ciudades. El sector servicios crecía por momentos. Y los elevados niveles de educación empezaban a dar sus frutos. Muchos padres se veían superados por sus hijos, con el correspondiente vértigo.

El hijo de cualquier obrero de Detroit, impulsado por el espléndido sistema de enseñanza pública había podido llegar a ser médico o iba en camino de serlo. El nivel de preparación había aumentado. La circulación de libros, periódicos y revistas, en un clima de libertad, había estimulado los espíritus en grado superlativo. El cine y televisión, con poca censura corporativa de por medio, abría los sentidos. Había hambre de novedades.

Las drogas, especialmente la marihuana y el ácido lisérgico, salieron de los cenáculos. La píldora anticonceptiva daba alas a la sexualidad. El turismo, un fenómeno de masas por primera vez en la historia, permitió a los hijos de las sociedades opulentas asomarse al ancho mundo, lo que para muchos fue una experiencia traumática, pues les llevó a descubrir las miserias del Tercer Mundo. Recuérdese que al Che Guevara le bastó un recorrido en moto por el espacio latinoamericano para tomar sus radicales decisiones.

Por su parte, el presidente Kennedy, que había empezado como un niño pijo del sistema, evolucionó considerablemente. Es probable que algo tuviera que ver en ello el dramático episodio de los misiles rusos, que lo puso ante responsabilidades gravísimas. Iba camino de convertirse en el símbolo trágico de una época que haríamos mal en reducir a un alocado conato de rebeldía juvenil.

Kennedy dio un memorable paso en sentido progresista al tomar medidas contra la discriminación racial, lo que, claro es, concitó sobre su persona el odio del bando conservador. James Meredith se convirtió en el primer hombre de color que accedió a la universidad de Misisipi. Y ello fue posible gracias a Kennedy, que tuvo que enviar al ejército para protegerlo.

Como supimos después, Kennedy se fumó sus buenos porros en la intimidad de la Casa Blanca, donde también tuvo las preceptivas experiencias lisérgicas. Es un dato a tener en cuenta. Tras haber promovido temibles acciones encubiertas contra Cuba, andaba pensando en la mejor manera de normalizar las relaciones con Fidel Castro. Había enviado miles de “asesores” a Vietnam, pero deseaba buscar una salida negociada y no meterse en una escalada bélica de imprevisibles consecuencias. Como es obvio, el complejo militar-industrial no quería saber nada de tales iniciativas.

Por todos los medios, Kennedy procuraba mantener el diálogo con Nikita Kruschev. Mejor que la confrontación, la coexistencia pacífica. Kennedy dijo que trabajaría por la paz, y que el mundo ya había tenido demasiadas guerras. Aseguró que, ahora que se podía, había que acabar con el hambre y con la injusticia. Sólo cinco meses después de decirlo abiertamente, fue asesinado en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. A raíz de este asesinato, fueron muchos los que llegaron a la conclusión de que el poder establecido no era de fiar. ¡Quién sabe qué fuerzas oscuras habían acabado con Kennedy! El mejor de los mundos posibles tenía, evidentemente, un trasfondo tenebroso.

Entre Gandhi y el Che

Y párrafo aparte merece, claro es, la guerra de Vietnam, cuya escalada, impulsada primero por Lyndon Johnson y luego por Richard Nixon, provocó un movimiento pacifista de imborrable memoria. Dale una oportunidad a la paz, de John Lennon, no surgió de la nada.

El tiempo no había pasado en vano, y el poder establecido ya no podía movilizar soldados con simples redobles de tambor. En cuanto se vieron condenados a arrasar pueblos de cañas y barro en aquel confín del planeta, muchos jóvenes tomaron conciencia de que estaban siendo utilizados al servicio de un sindicato de intereses. ¿Qué mundo era éste, en el que un estudiante de filología o de botánica podía verse involucrado en semejante carnicería? Aquellos cuyos padres habían luchado durante la Segunda Guerra Mundial, habían hablado de jugarse la vida por algo, por unos ideales, por las cuatro libertades, ¿pero ahora por qué se luchaba?

El principio de autoridad se había expuesto, él solito, a una crítica devastadora. Su propia legitimidad estaba en juego; él mismo la había malbaratado. El sentido crítico se agudizó. Había que defender los derechos civiles, había que servir a la causa de la paz, había que hacer uso de la libertad de expresión. Con esta intención se movilizaron los estudiantes de la Universidad de Berkeley. Y he aquí que los más comprometidos con la “contestación” fueron los mejores alumnos. Viendo a varios miles de estudiantes congregados en torno a Joan Baez, las autoridades tuvieron ocasión de cavilar sobre los inconvenientes de poner la educación universitaria al alcance de las masas.

En la Universidad de Madison –otra universidad pública– los estudiantes se movilizaron contra los reclutadores del ejército y contra la contribución del laboratorio al desarrollo del agente naranja empleado en la deforestación de Vietnam. Ocultar los motivos de la “crisis de autoridad” o discursear sobre el hedonismo egoísta de aquellos jóvenes, como hacen algunos, es una forma desconsiderada de pasar por alto el resorte moral de la contestación.

Lo que estaba ocurriendo en Vietnam nos abrió los ojos al drama del Tercer Mundo. Las atroces imágenes del hambre en Biafra no dejaban ningún margen para la condescendencia. El descubrimiento de que la opulencia de uno estaba relacionada con el sufrimiento del prójimo no dejaba disfrutar de lo que se entiende por buena conciencia. Una generación educada en el amor a la verdad y en la fe en la justicia no podía digerir aquello, como se comprenderá.

¿Qué hacer? En el Tercer Mundo fueron muchos los que optaron por la lucha armada, en la estela del Che Guevara. Lo que, como es obvio, era imposible sin una decisión en el plano ético, pues la fórmula comportaba una disposición personal al sacrificio de lo más seria. En las así llamadas sociedades opulentas, en cambio, aunque se hablase términos incendiarios, pocos se decidieron a pasar de los libros a las balas. Interpretando los sentimientos del momento –y muy consciente del inmenso e incontestable poder armado que atesoraba el orden establecido para defenderse–, el poeta Allen Ginsberg[viii], un superviviente de la generación beat, propuso algo diferente, el flower-power. El movimiento hippy se hizo fuerte bajo esta divisa. En lugar de lanzar piedras a los guardias, mejor era darles flores. Las flores simbolizaban a la perfección un cambio de actitud y una drástica reordenación de la escala de valores.

Más novedades

    Se suele atribuir el movimiento hippy y el clima de insubordinación a la opulencia. Bien alimentados y educados, libres del miedo a la miseria, los jóvenes de aquellos tiempos se habrían limitado a alargar el brazo para coger los frutos maduros de la posguerra, sin pensar ni poco ni mucho en los trabajos que los habían hecho posibles. Es una parte de la verdad, bien entendido que no deberíamos descalificarlos por ello.

Como tenemos la mala costumbre de pensar y actuar desde el miedo a la miseria es de sumo interés no perder de vista lo que salió a relucir en la nueva situación, cuando se podía pensar con el estómago lleno. Por primera vez en la historia humana, gentes preparadas cayeron en la cuenta de que, gracias al desarrollo técnico, la humanidad, toda ella, podría escapar de las garras de la pobreza. Y no sólo porque lo dijera el filósofo Herbert Marcuse[ix]. Bien que de pasada, el propio Kennedy lo reconoció en público. Ya no era cuestión de meterse en una pelea a muerte por unos bienes escasos, porque haber, había ya para todos. La revolución verde, la automatización y la robótica ponían al alcance de la mano unos logros que hasta ayer mismo sólo los soñadores habían entrevisto. Lo que antaño era utópico ahora se inscribía, según la apreciación de Bloch, en el campo de lo real-posible.

La otra parte de la verdad: durante los años sesenta la situación se puso cuesta arriba en el plano económico. La guerra de Vietnam tenía un precio. No todo fue resultado de la opulencia, como hemos creído. El número de gente frustrada en sus expectativas de hacer realidad “el sueño americano” iba en aumento. Estados Unidos veía mermada su capacidad de gratificar a grandes masas de ciudadanos. En lugar de crecer, el Estado de bienestar empezó a encogerse. La clase media, tan mimada, empezó a sufrir cuando menos se lo esperaba. Cada vez era más difícil llegar a fin de mes, y esto por lo que se refiere a los probos trabajadores.

Las mujeres se vieron obligadas a salir de casa en busca de acomodo en mercado laboral, lo que resultó fatídico para la perpetuación de la vieja sociedad patriarcal. En la misma línea que los negros, las mujeres reclamaron sus derechos. El macho proveedor entró en crisis. Ahora las familias dependían de que la mujer trajera dinero a casa. El hombre que se ponía a dar voces desde la cabecera de la mesa con la esperanza de que su mujer se lo tomara en serio estaba perdido. Como ya era de por sí difícil para un padre de familia a la vieja usanza dominar a hijos que le aventajaban en preparación, el gran cambio estaba servido. El viejo macho proveedor ya no tenía nada que ofrecer. Cualquiera podía ver en él adónde llevaba el conformismo.

Las mujeres arrojaron a la basura sujetadores y enaguas. Ir de bonita o de tonta fue, de pronto, algo tan fuera de lugar como para el hombre ir de duro. Ahora lo importante era la naturalidad. Los estereotipos se desvanecían. Las relaciones entre los sexos experimentaron, píldora y penicilina mediante, una reforma en profundidad. Ahora lo que se buscaba era el diálogo, el entendimiento, y nadie quería verse cosificado. Tener un hijo fuera del matrimonio dejó de ser considerado una desgracia. De las relaciones sexuales prematrimoniales se pasó a las relaciones múltiples, para gran escándalo de los conservadores, ya histéricos con el movimiento encaminado a poner fin a la discriminación de gays y lesbianas.

Por primera vez, la desnudez fue objeto de celebración, no de vergüenza. La minifalda de Mary Quant, como los pelos largos de los muchachos, se convirtió en un símbolo de la gran transformación de la sensibilidad que estaba teniendo lugar. “Haz el amor y no la guerra” era un lema cargado de sentido. Naturalmente, hoy abundan los críticos que se revuelven contra aquello, con olvido sistemático de que se trató de un intento serio de acabar con la hipocresía y con las morbosidades asociadas a los usos represivos de antaño. Todavía nos podemos considerar beneficiarios de lo que entonces se logró.

Y es preciso decir que aquello no fue un asunto exclusivamente de los hippies o de grupúsculos estudiantiles más o menos alocados. Mucha gente se vio tocada por el espíritu renovador de los sesenta. Los hippies, floridos, pacíficos, confiados, sucesores de los atribulados beatniks, llamaban la atención desde luego, pero no eran los únicos que pugnaban por desprenderse de los viejos moldes. Esa forma de vida atraía muy notoriamente a incontables oficinistas, ya hartos de usar corbata. Más de un ciudadano normal, por un repente de alma, lo dejó todo, saliendo a la carretera, con más hambre de libertad que miedo a las consecuencias.

Y eran incontables las personas que iban y venían de las obligaciones a la libertad, con mayor o menor fortuna, las que iban de su despacho al parque, a buscar compañía y otro tipo de emociones. Para las eminencias grises del sistema este fenómeno fue alarmante. Se vio que mucha gente había perdido el gusto por consumir. Los automóviles se prestaban o se regalaban, según el humor del momento. Ricos y pobres alternaban, saltándose las barreras de clase.

Era más o menos obvio que los valores típicos de la burguesía se veían eclipsados por otros nuevos. En lugar de ser ahorrativo, calculador, diligente, comedido, parecía mucho más sano ser manirroto, improvisador, ir por la línea del menor esfuerzo y hacer de la vida un experimento. Ir a lo seguro llegó a estar muy mal visto.

Cuando al protagonista de El graduado[x] se le hizo saber que, sin duda, tenía un gran futuro en “el mundo de los plásticos”, todos pudimos ver qué cara se le puso. Y esto quiere decir que las cosas no habían ido conforme a lo previsto por los planificadores de la posguerra. La prosperidad y la buena preparación no conducían al conformismo. Ahora la gente no se conformaba con la libertad que el sistema había tenido a bien concederle: quería más, mucha más.

Era de prever, desde luego, una tremenda actuación en sentido contrario. De algún modo habría que devolver a las buenas gentes al mundo maltusiano y ricardiano. La nueva forma de vida, con sus canciones, con su deliberada ingenuidad, que recordaba la de los primeros cristianos, con su punto de simpatía y de voluntaria inocencia, con sus flores, con su resistencia pacífica a lo Gandhi, era probablemente mucho más peligrosa para el sistema que la variante, minoritaria en las sociedades desarrolladas, que apostó por solucionar los problemas de la humanidad a tiros, según la fórmula guevarista.

Hacia un contragolpe ultraconservador

La primera señal de que el poder establecido no se iba a quedar de brazos cruzados se tuvo con el lanzamiento de Barry Goldwater, enemigo declarado de los pelos largos y de todo lo que oliese a progresismo, partidario de recurrir a la bomba atómica contra el Vietcong y contra los caballeros del Kremlin. En sus filas se formó el futuro caudillo de la “revolución conservadora”, el actor Ronald Reagan, y en ellas militó Milton Friedman, el gurú neoliberal. Goldwater no llegó a la Casa Blanca, pero su movimiento siguió adelante, hoy vemos con qué resultados.

No por azar, la liberal y prudente Americans for Democratic Action se vio eclipsada por los potentes think-tanks neoconservadores. Pronto, en lugar de hippies, tendríamos yuppies. Para entonces, los símbolos vivientes de los sesenta habían caído, uno tras otro. El Che Guevara había encontrado la muerte en Bolivia, por así decirlo en su ley, pero he aquí que también los promotores de un cambio pacífico tuvieron un final violento. Tras el asesinato del presidente Kennedy, en efecto, vinieron los asesinatos de su hermano Robert, el encargado de tomar el relevo, y el del líder pacifista Martin Luther King, odiado no sólo por su lucha a favor de los derechos de los negros sino también por su oposición a la guerra de Vietnam y por su voluntad de hacer realidad la justicia social. Cuando se disponía a dar vida a una Marcha de los Pobres que terminaría con una acampada ante la Casa Blanca, las mismas fuerzas tenebrosas que acabaron con el presidente Kennedy y con su hermano, las mismas fuerzas que le seguían a todas partes, que le grababan las conversaciones, que financiaban arteras campañas de prensa para destruir su carisma, optaron por asesinarle. Algo muy horrible estaba en camino. –MANUEL PENELLA

[i] “Sarkozy promete enterrar Mayo del 68”. Noticia recogida en El País el 30 de marzo de 2007, en plena campaña de las elecciones presidenciales francesas: http://www.elpais.com/articulo/internacional/Sarkozy/promete/enterrar/Mayo/68/elpepuint/20070430elpepiint_10/Tes.

[ii] “Prohibido prohibir”. Tribuna de Mario Vargas Llosa en El País, 26 de julio de 2007: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Prohibido/prohibir/elpepiopi/20090726elpepiopi_12/Tes.

[iii] Esta fundación sigue estando vigente en nuestros días: http://www.adaction.org/.

[iv] Ralf Dahrendorf. Intelectual de origen alemán, nacionalizado británico. Profesor de Sociología en las universidades de Hamburgo, Tübingen y Constanza. Fue miembro del Parlamento alemán por el partido liberal, secretario de estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y miembro de la Comisión Europea. Fue director de la Escuela de Economía de Londres y posteriormente del St. Antony´s College de la Universidad de Oxford. Entre otros galardones fue Caballero de la Orden del Imperio Británico, Barón de Dahrendorf y, en España, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2002. Autor de numerosos tratados de sociología y política, especialmente sobre la teoría del conflicto social.

[v] Premio Nobel de Economía en el año 2008.

[vi] The Other America. Poverty in the United States. Nueva York, 1962.

[vii] Editorial Siglo XXI, México, 1971.

[viii] Poeta estadounidense de la generación “beat”. Su obra más célebre Aullido (Howl) comienza con el archiconocido verso: He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura.

[ix] El hombre unidimensional, 1964.

[x] Película de Mike Nichols, protagonizada por Dustin Hoffman y Anne Bancroft.

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